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Le llegó la hora a la desigualdad

Mario Alejandro Valencia

Durante décadas la desigualdad se abordó con un discurso populista, en el que unos pobres envidiosos y atenidos buscaban que los ricos les regalaran parte de su fortuna.

Los ricos respondían argumentando que su riqueza es fuente de inversión y los gobiernos debían reducir sus cargas tributarias y laborales, para permitirles orientar bondadosamente sus recursos al crecimiento económico que beneficia a toda la población.


Por el contrario, lo que hemos comprendido hasta ahora de la desigualdad, además de “la ola global de descontento e inestabilidad política y social”, que describe Roubini, es que también afecta al crecimiento económico. “Las sociedades sumamente desiguales no funcionan de forma eficiente, y sus economías no son ni estables ni sostenibles a largo plazo”, afirma Stiglitz. Los más ricos “consumen un porcentaje menor de sus ingresos que los individuos con rentas más bajas” y, cómo resultado, la demanda total será menor que la capacidad de ofrecer, generando desempleo. En cambio, si “el dinero circulara una y otra vez, en realidad, la producción aumentaría” y también el empleo, afirma el Nobel de economía.

El mito de que el mercado dirige el capital hacia donde es más eficiente, está llegando a su fin, aunque “los economistas” aún crean en fantasías. El problema es que los mitos primero dejan de ser ciertos en la realidad que en la teoría, así que todavía quedan varios años de debate.

La crisis sanitaria, económica y social de 2020, reveló dos escenarios: naciones con procesos de reactivación muy rápida y quienes quedarán sumergidas en recesiones prolongadas. América Latina, la región más desigual antes de la pandemia, agregó 45 millones de nuevos pobres en 2020, fue la que más decreció a nivel global, es la que más se demorará en recuperarse y los daños causados harán que sea 6 % más pequeña en 2024 con relación a 2019, según el Fondo Monetario Internacional. En Colombia no habrá reactivación, sencillamente porque no ha habido ningún cambio al modelo. La máxima aspiración de recuperación será volver a la economía de 2019, ya de por sí destartalada.

La diferencia entre la reactivación y el caos social con crisis económica no está en “los economistas” brillantes, sino en la capacidad política de orientar las transformaciones hacia una economía de producción real y empleos productivos. La asociación de gobiernos con sectores económicos parasitarios, como el financiero, ha frenado el encausamiento de la inversión en actividades productivas que generan empleo. El 30 % de la deuda del gobierno central es con los fondos privados de pensiones, negocio creado para trasladar parte del ahorro del país hacia los privados y cuya rentabilidad proviene en buena medida de bonos del tesoro. La paradoja es que el libre mercado resultó en que la mejor inversión era prestarles a gobiernos ineficientes.

La solución a la desigualdad y pobreza que obstaculizan el crecimiento, implicará insistir en la unión de ideas económicas alternativas con nuevas voluntades políticas.

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