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El peso de una economía sin peso

Mario Alejandro Valencia

La paulatina y sistemática pérdida de valor de la moneda colombiana no es un mero fenómeno coyuntural, sino que está relacionada estructuralmente con una tendencia a reducir su capacidad de atender con sus propios factores de producción a la oferta total del país.

En una economía abierta, los países mantienen relaciones comerciales entre sí, como es deseable. En teoría, los países compran lo que no producen o les sale más caro producir y venden los excedentes de su propia producción. Además, los países invierten en otras naciones y se prestan dinero. El 87 % de las transacciones comerciales globales se realizan en dólares estadounidenses; por lo tanto, los países necesitan esta moneda.

El comercio exterior de Colombia, mayoritariamente, consiste en exportar bienes básicos para comprar bienes complejos. En las últimas dos décadas, los dólares conseguidos no fueron suficientes para pagar las compras foráneas, por lo que de forma recurrente acumulamos déficits de dólares que se busca financiar con más deuda o inversión extranjera. Pero, de nuevo, la inversión que llega se orienta a actividades básicas que no generan muchas ganancias locales, porque se les otorgan enormes exenciones en impuestos, así que, en general, salen más dólares que los que entran. Como al país se le dificulta tanto conseguir los dólares, el esfuerzo fiscal está concentrado en una parte muy importante en cobrar impuestos para pagar el servicio de la deuda, que en parte está expresada en dólares.

La tendencia de corto plazo es que el precio del dólar se estabilice, porque este año habrá una minibonanza petrolera por la recuperación de los precios internacionales. Ecopetrol traerá dólares para comprar ISA y llegarán más dólares por la emisión de derechos especiales de giro. Pero el país necesita una mayor consistencia en su tipo de cambio, corrigiendo sus abultados déficits externos. Para ello se debe buscar la forma de atraer más dólares que se queden dentro de nuestro país.

¿Cómo? En términos prácticos, exportar más es igual a importar menos; si se reemplazan importaciones por producción nacional habrá más dólares disponibles. Pero, además, en una economía globalizada es necesario que el país pueda fabricar bienes de mayor valor para que se vendan más caros en los mercados internacionales. Ya sabemos, por los resultados, que el petróleo y el carbón no pagan totalmente las mercancías que requerimos. Quizá sea hora de pensar en un proceso de transformación más sofisticado que exportar petróleo crudo, ferroníquel en bultos y frutas sin procesar.

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